Este año, Mark celebra sus diez años de peregrinación. En 2016, caminó 4.200 kilómetros desde Gibraltar a Roma como parte de su más extensa peregrinación a Jerusalén. Esta etapa del viaje duró 150 días, y en la Plaza de San Pedro en el Vaticano tuvo el enorme honor de conocer a Su Santidad el Papa Francisco.
Dos años más tarde, en 2018, Mark se encontraba una vez más en Roma, habiendo caminado a través de la nieve y la lluvia, bajo el calor abrasador, atravesando exuberantes valles verdes, cruzando pueblos y ciudades mágicas, campos de arroz, ríos y lagos, antiguas fortalezas y palacios en ruinas. Un recorrido por la historia, la cultura y las ruinas de la civilización romana.
Mark, ¿por qué decidiste volver a caminar a Roma en 2018?

Desde mi jubilación he caminado por los distintos Caminos de Santiago más de veinte veces. Caminé de Cardiff a Gibraltar y de Gibraltar a Jerusalén, recaudando en ambas ocasiones fondos para fines benéficos. Caminar por Italia y llegar a Roma en 2016 fue una experiencia increíble que quería repetir. Mi hija Tammy, que me ha acompañado en tres de los Caminos en España, nunca había caminado por Italia. Se nos presentó la oportunidad de volver a caminar juntos y decidimos ir en peregrinación a Roma.
Comenzamos en Lausana, Suiza, y caminamos durante cuarenta días hasta Roma.
¿Por qué empezasteis la ruta en Suiza?

La Vía Francígena comienza en Canterbury y tiene una longitud de 2.000 kilómetros. La ruta que había dispuesto para nosotros sería de más de 1.100 kilómetros, y para Tammy sería lo máximo que había caminado de una sola vez. También sería el periodo más largo que había pasado en la carretera.
Comenzamos nuestro viaje a orillas del Lago Lemán y la ruta nos llevó a través de viñedos de la UNESCO, castillos de cuentos de hadas, oscuros bosques, puertos de montaña, a través de aguas rápidas y a la sombra de los Alpes nevados.
¿Por qué te gusta tanto caminar, cuál es su gran atractivo?

Durante toda mi vida había pensado que me gustaría caminar durante días y semanas y meses sin parar, con el sol calentando mi cara y un viento fresco a mis espaldas. Era algo que simplemente tenía que hacer. Caminé durante todo un día y me encantó la experiencia. Después fueron dos días, una semana, un mes; no podía evitarlo, caminar es una pasión para mí. El simple hecho de poner un pie delante del otro es en sí mismo un empeño satisfactorio.
Comencé a tomarme en serio el caminar después de retirarme del ejército, debido en parte a una lesión muy dolorosa en la espalda; dos hernias discales, una compresión en la columna vertebral y daños en el cuello. Los doctores me dijeron que me vendría bien caminar, así que me puse a ello.
Pero para hacer lo que yo hago, cubriendo distancias tan largas de una vez, tienes que disfrutarlo. Si no te gusta caminar en medio de la nada, llevando todo lo que tienes a tus espaldas y sin saber dónde pasarás la noche, mi consejo es, ¡no lo hagas!
¿Hay algo más en el caminar que la sensación de libertad y las impresionantes vistas?

¡Sí, por supuesto! Hacer una peregrinación es mucho más que caminar durante largos periodos recorriendo grandes distancias; una peregrinación es también una experiencia religiosa. He recorrido el Camino de Santiago muchas veces a través de varias rutas, la Vía Francígena hacia Roma en varias ocasiones, el Camino de Arles, el Camino de San Antonio de Padua, y he seguido el camino hacia Jerusalén.
He cumplido mi deseo de conectar mi ciudad natal, el Peñón de Gibraltar, con los tres centros de peregrinación más importantes de la fe cristiana: Santiago de Compostela, Roma y Jerusalén. Me considero un peregrino. El caminar por estos antiguos senderos es tanto un acto de fe como una hazaña de resistencia; mi iglesia se encuentra en los interminables caminos y en los innumerables hermanos y hermanas que he conocido y con los que he compartido mis viajes.
El Camino es, en última instancia, un viaje interior de descubrimiento. He aprendido sobre mis temores, mis deseos, la amistad, sobre mí mismo y sobre la humanidad. Pero, sobre todo, he aprendido sobre la humildad.