Tras su exitoso estreno en Algeciras, los actores Darío Jurado y Ana Muñoz, de Allalantota Teatro, llevarán su adaptación teatral de “¡Ay Carmela!”, por toda España.
Pocas personas transmiten tanta ilusión con la mirada como el algecireño Darío Jurado cuando habla de su verdadera vocación, el teatro, y del proyecto que desde hace cinco meses ocupa toda su energía en la compañía Allalantota Teatro: “¡Ay, Carmela!”.
Una adaptación teatral, con toques flamencos, de la obra más conocida de José Sanchís Sinisterra, que ha levantado una gran expectación en Algeciras, donde se ha estrenado este 2 de febrero con una doble función, y que tiene una historia “de película” que contar.

“Nunca es tarde para luchar por lo que verdaderamente te apasiona, y yo sé que en ningún otro sitio soy tan feliz como encima de un escenario”, confiesa Jurado, más conocido hasta ahora por su profesión de abogado y sus colaboraciones en prensa, radio y televisión.
Tras varias incursiones teatrales (entre ellas la también exitosa “Sé infiel y no mires con quién”), “¡Ay, Carmela!” supone para él un punto de inflexión, un antes y un después, a partir del cual ya nada volverá a ser igual.
“Este proyecto llegó en uno de los peores momentos de mi vida, cuando me encontraba hospitalizado por un problema grave de salud, con los médicos más preocupados que yo, y pensando que es verdad eso que dicen de que la vida te puede cambiar en un segundo”, recuerda. Fue su amiga Ana Muñoz, la “Carmela” de esta adaptación teatral, la que le llevó el guión al hospital.
“Esa misma noche me lo leí, y al día siguiente, sin pensarlo siquiera, pero empujado por una fuerza interior que no sé ni explicar, la llamé y le dije: Esto es una locura… pero tenemos que hacerlo”.

A partir de ahí empezó toda una pequeña odisea para conseguir poner en pie la obra, empezando por lo que parecía más difícil: conseguir los derechos. Tras ponerse en contacto con la SGAE, Jurado comprobó que estaban disponibles, pero que era necesario contar con la autorización del autor.
“Para Sanchís Sinisterra esta obra es su ‘niña bonita’, y, lógicamente, no quiere que la haga cualquiera, ni de cualquier manera, así que lo primero era llegar hasta él y convencerle de que era una propuesta seria”.
Finalmente, cuando Jurado ya empezaba a desesperarse, una de esas carambolas que a veces tiene la vida hizo que a sus manos llegara una tesis doctoral de la Universidad de Valladolid sobre la adaptación al cine de “¡Ay, Carmela!”, y cuyo autor resultó ser un amigo suyo: Jorge Villa Romero.
“Yo le había conocido hacía años, en Madrid, cuando me colé sin darme cuenta en un rodaje con cámara oculta y tuve que firmar un documento de cesión de imagen…
Al ver que era de Algeciras, Jorge me dijo que aquí vivía un tío suyo, el periodista Luis Romero, y a partir de ahí nos pusimos a charlar, nos fuimos a comer y empezó una amistad… Así que cuando, para mi sorpresa, vi que Jorge era el autor de aquella tesis, le llamé, le conté lo que pasaba, y él me dio el empujoncito necesario”.

Después vino todo lo demás: encontrar un director (Fernando Luis Sáinz), realizar toda la labor de producción, buscar apoyos… y memorizar un guión de 2 horas, en el que el personaje masculino, Paulino, no abandona en ningún momento la escena. “Siempre fui buen estudiante, pero entendiendo las cosas, porque tengo memoria de pez, así que este texto para mí ha sido un desafío… Eso, y encarnar a un personaje que no tiene una personalidad definida, que cambia de actitud y forma de hablar varias veces a lo largo de la obra, porque es, simplemente, un superviviente, y se adapta a lo que sea con tal de sobrevivir”.
Tras la gran acogida en Algeciras, lo siguiente será iniciar una gira ambiciosa, que no se quede únicamente por la zona. “Tenemos muy claro que vamos a ir por toda España, por todos los teatros que podamos… Y también nos hace especial ilusión llevarla a Gibraltar y Tánger, completar este triángulo”, avanza Jurado, que durante todo este proceso ha tenido muy presente a su abuelo materno, Manuel Muñoz, que descubrió su vocación incluso antes que él.
“Cuando yo era pequeño, él me decía que para qué iba a estudiar, si yo era un caricato”, recuerda con una sonrisa.
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